NUESTRA HIPOCRESIA

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images (34)Es la actitud persistente o eventual de fingir creencias, opiniones, virtudes, sentimientos, cualidades, o pautas que no se tienen o no se siguen.

Fingir cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente tiene o experimenta. Un tipo de mentira o pantalla de reputación.

Puede venir del deseo de esconder de los demás motivos reales, o sentimientos. No es simplemente la inconsistencia entre aquello que se defiende y aquello que se hace.

Es aquella que pretende que se vea la grandeza y bondad que construye con apariencias sobre si misma, propagándose como ejemplo y pretendiendo o pidiendo que se actúe de la misma forma, además de que se glorifique su accionar, aunque sus fines y logros están alejados a la realidad.

La hipocresía abunda en todas partes y se ve en la política, la religión y los negocios.

Es interesante que la palabra hipócrita venga de una raíz griega que se refiere a los actores de teatro que usaban una máscara. Con el tiempo, llegó a referirse a toda persona que finge ser algo que no es para engañar a los demás o para alcanzar objetivos egoístas.

Quienes sufren por culpa de la hipocresía de otros sienten rabia, amargura y resentimiento. Quizás digan en su desesperación: “¡Cuánta hipocresía! ¿Acabará algún día?”.

La hipocresía es ese modo de vivir, de obrar, de hablar, que no es claro. Quizás sonríe, tal vez está serio… No es luz, no es tiniebla… Se mueve de una manera que parece no amenazar a nadie, como la serpiente, pero tiene el atractivo del claroscuro.

Tiene esa fascinación de no mostrar las cosas claras, de no decir las cosas claramente; la fascinación de la mentira, de las apariencias…

Llenos de sí mismos, de vanidad, que les agrada pasear haciendo ver que son importantes, cultos….

No se debe confundir la hipocresía con el cumplimiento del deber cuando no se tiene ganas. 

Hipocresía es fingir. Muy distinto es luchar contra la tendencia de la carne motivado por un sincero esfuerzo por hacer el bien. Todo ser humano tiene una lucha interior. 

Se trata simplemente de un aprendizaje social que puede hacerse algunas veces con dolor, y otras sin él. Pero que se incorpora a las pautas sociales de aprendizaje desde pequeño para el individuo y desde antaño para el colectivo.

Tal aprendizaje permite ganar espacios y recompensas -materiales y simbólicas- que gratifican al narcisismo frente a la escala de valores expuestos en vidriera por la cultura contemporánea. El acceso a estos valores por parte del Yo sería imposible, o muy dificultoso de alcanzar, si no se recurre a estrategias hipócritas que son las que facilitan la accesibilidad a la parafernalia de valores contradictorios que conviven de manera promiscua en la misma estantería.

No se nace hipócrita, se hace; a partir del sistema de recompensas y castigos que usa la enseñanza -bajo el pretexto de la gratificación- para aprender conductas socialmente aceptadas. Desde ese momento crucial de la vida -hasta la muerte- es un muestrario de aprendizajes de conductas hipócritas que permiten vivir “mejor” con los otros, en cuanto se posibilita el acceso a bienes simbólicos o materiales preciados, apetecidos, deseados, envidiados y, lo que es mejor, sin mucho esfuerzo aparente. Sería un logro sin esfuerzos, ya que mantener una vida íntegra de conductas y discursos hipócritas requiere una cantidad enorme de esfuerzo psicológico -intelectual y afectivo-. El esfuerzo de ser hipócritas desgasta las reservas de salud mental y física, así como de salud social, con lo cual esta forma de vivir arrastra tanto a la enfermedad y la degradación personal como a la disgregación y alienación en lo social.

Obvio que los mecanismos descriptos, no funcionan de igual modo para todos, por lo cual se advierte de la falta de generalidad que se pueda pretender atribuirle a dicho ejercicio.

Hay quiénes responden de modo acabado y casi perfecto al modelo descripto; pero también hay de los otros, los que niegan sus contradicciones con el afán de preservar no sólo su salud mental, sino también de proteger los privilegios y las posiciones adquiridas, llegando al colmo de ser hipócritas frente al espejo, en cuanto llegan a engañarse respecto a la imagen devuelta.

¿Qué me cuentas tú?

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LAS PERSONAS QUE SE VICTIMIZAN

imagesPara hablar de las personas que se victimizan hay que identificarlas.

Son aquellas personas que acostumbran victimizarse,  expertas en el manejo de los mensajes indirectos y disfrutan de mostrarse inocentes después de elaborar una estrategia denominada “violencia silenciosa”.

Estas personas pueden utilizar una postura de “persona indefensa” para generar culpa en los demás. “Es frecuente escucharles decir ‘no fue mi intención’, ‘me interpretaste mal'”.

Generalmente ven el lado negativo de cualquier situación que se le presenta, rechaza mostrarse feliz ante los demás, disfruta de contar sus tragedias o dramas, busca preocupar y bajar el buen ánimo a la persona que la escucha, no le interesa encontrar soluciones a los problemas de los que se halla víctima.

Siente que la vida fue injusta con ella, en ocasiones convencida de que nunca será feliz. En muchos casos presenta el trastorno de personalidad negativista, manifestando un comportamiento pasivo-agresivo.

Las consecuencias radican en que son vistas como “sufrida”, “triste”, “negativa”, “víctima de las circunstancias de los demás, de la vida”, haciendo que quienes la rodean se alejen de ella, la miren con lástima y ella llegue a autoconvencerse de que no puede tener expectativas futuras positivas o agradables.

Es difícil que la familia, los amigos o su entorno general puedan ayudarle. Difícilmente lo permite, al buscar la compasión de los demás, necesitará una persona en la que él confíe y no lo rechace.

Este tipo de personas reacciona muy bien en terapia psicológica cognitiva conductual, con técnicas específicas que le lleven a comprender sus responsabilidades y derechos en relación a las personas que lo rodean, mejorando así su relación interpersonal. 

Es un estado de la salud mental en la que tienden a llamar la atención, se perciben a sí mismo como blanco de todos los ataques y persecuciones transitando por la vida “con el mundo en su contra”.

Situaciones de esta índole dejan por fuera la díada víctima-victimario, pues quien se victimiza de forma recurrente lo hace por una percepción distorsionada de sí y su contexto y ve “conspiradores” donde verdaderamente no los hay.

De acuerdo con distintas estadísticas e investigaciones, esta tendencia se da mayormente en mujeres, y es un modelo de conducta que tiende a repetirse e instalarse porque generalmente quien “anda por la vida llorando por los rincones” obtiene grandes beneficios aunque no siempre duraderos, pues con el tiempo quienes rodean a estos seres se cansan de las quejas.

Algunos hacen de la auto victimización un estilo de vida; hábiles para la manipulación “secan sus lágrimas” con el apoyo, el afecto, el dinero, los ascensos laborales y las consideraciones extras de los corazones solidarios a los que saben conmover.

Manejan con maestría la culpa de los otros y el miedo, emociones que enlazan como araña que teje su tela con actitudes morales y éticas, a tal punto que en la mayoría de los casos quedan enredadas en “su propia red”. De ahí a perder la dignidad hay un solo paso.

Si uno tiene un mundo interior sano y bien cultivado, ese diálogo será alumbrador, porque proporcionará luz para interpretar la realidad y será ocasión de consideraciones muy valiosas.

Si una persona, por el contrario, posee un mundo interior oscuro y empobrecido, el diálogo que establecerá consigo mismo se convertirá, con frecuencia, en una obsesiva repetición de problemas, referidos a pequeñas incidencias perturbadoras de la vida cotidiana: en esos casos se convierte en un disco rayado que repite obsesivamente lo que con más intensidad ha arañado últimamente nuestra afectividad.

La relación con uno mismo mejora al ritmo del grado de madurez alcanzado por cada persona.

Las valoraciones que hace una persona madura, tanto sobre su propia realidad como sobre la ajena, suelen ser valoraciones realistas, porque ha aprendido a no caer fácilmente en esas idealizaciones ingenuas que luego, al no cumplirse, producen desencanto.

El hombre maduro sabe no dramatizar ante los obstáculos que encuentra al llevar a cabo cualquiera de los proyectos que se propone. Su diálogo interior suele ser sereno y objetivo, de modo que ni él mismo ni los demás suelen depararles sorpresas capaces de desconcertarle. Mantiene una relación consigo mismo que es a un tiempo cordial y exigente. Raramente se crea conflictos interiores, porque sabe zanjar sus preocupaciones buscando la solución adecuada. Tiene confianza en sí mismo, y si alguna vez se equivoca no se hunde ni pierde su equilibrio interior.

En las personas inmaduras, en cambio, ese diálogo interior, suele convertirse en una fuente de problemas: al no valorar las cosas en su justa medida — a él mismo, a los demás, a toda la realidad que le rodea —, con frecuencia sus pensamientos le crean falsas expectativas que, al no cumplirse, provocan conflictos interiores y dificultades de relación con los demás.

Contemplemos toda la realidad que nos rodea con deseos de enriquecimiento interior, porque quien ve con cariño descubre siempre algo bueno en el objeto de su visión.

El hombre que dilata y enriquece su interior de esa manera, dilata y enriquece su amor y su conocimiento, se hace más optimista, más alegre, más humano, más cercano a la realidad, tanto a la de los hombres como a la de las cosas.

La personalidad de víctima o el victimismo, consiste entonces en defenderme de posibles situaciones de malestar, a través del no reconocimiento y proyección externa (hacia otra persona o cosa) de determinada situación. Si una persona llega tarde al trabajo, dirá que la causa es el tránsito automotor, la lluvia, alguna otra persona o cierta eventualidad. No pensará que la tardanza se debe a que no se organiza, a un hábito que no ha notado que tiene, al mal cálculo del tiempo, o a una protesta metafórica que hace contra el jefe, el trabajo o la empresa.

Una forma rabiosa de victimismo, consiste en molestarse por que otros no son como nosotros o como deseamos que sean. En estos casos la tendencia es a atacarlos, acusarlos, etiquetarlos para dañarlos moral, emocional o físicamente. Esta demostración de intolerancia excluyente, que por inconsciencia e ignorancia espiritual, suele verse amparada por ideologías y credos que ocultan lo que en realidad no es más que simple y llana conducta patológica.

Aceptemos que todos podemos a  veces vivir desde una posición de víctima, sin negarlo o evadirlo, cuando así pasa.

¿Qué piensas tú?